Cuando la violencia se vuelve contenido: redes sociales, estigmatización y cultura narco en Uruguay
La viralización de imágenes de Cerro Norte reabrió el debate sobre estigmatización, violencia y redes sociales, y conecta con la campaña oficial para frenar la idealización del narcotráfico entre jóvenes.
Un video viral grabado en Cerro Norte volvió a poner a Uruguay en el centro del debate regional y abrió una discusión que va más allá de las redes: cómo se construye la imagen del delito y por qué el Estado busca frenar la cultura narco.
En tiempos de redes sociales, ya no alcanza con preguntarse qué se muestra, sino cómo se muestra y con qué consecuencias. La viralización reciente de un video grabado en Cerro Norte, difundido por un influencer extranjero, volvió a dejar en evidencia una tensión que Uruguay arrastra desde hace años: la delgada línea entre visibilizar una realidad y convertirla en espectáculo.
Las imágenes circularon rápido. Calles, comentarios provocadores, una narrativa de riesgo y una frase que encendió la polémica. Como suele ocurrir, el debate se polarizó: de un lado, quienes denunciaron estigmatización; del otro, quienes defendieron el contenido bajo la idea de que “es la realidad”. Sin embargo, esa discusión binaria deja afuera la pregunta central: ¿qué pasa cuando la violencia se transforma en contenido de consumo masivo?
Las plataformas digitales no son neutrales. Premian lo extremo, lo impactante, lo que genera reacción inmediata. En ese ecosistema, barrios vulnerables, escenas de pobreza o relatos asociados al delito se vuelven altamente rentables en términos de visualizaciones. El problema no es mostrar realidades complejas, sino reducirlas a una sola dimensión, sin contexto social, histórico ni humano.
Cuando eso ocurre, la violencia deja de ser un problema colectivo para convertirse en una postal viral. Se mira desde afuera, se comenta, se comparte y se descarta con un scroll. Pero el efecto permanece. Hacia el exterior, se consolida una imagen simplificada del país. Hacia el interior, se corre un riesgo aún mayor: naturalizar la violencia y convertirla en parte del paisaje cotidiano.
Este fenómeno no se limita a un video ni a un influencer. Forma parte de una narrativa más amplia, donde el delito empieza a ocupar un lugar central en el imaginario social, especialmente entre niños y adolescentes que consumen redes como principal fuente de referencia. Allí aparece otro elemento clave: la idealización del crimen.
El narcotráfico, además de ser una estructura criminal, produce símbolos. Dinero rápido, poder, respeto impuesto y una aparente impunidad construyen un relato que puede resultar seductor en contextos de exclusión y falta de oportunidades. Lo que queda fuera de escena —la cárcel, la violencia cotidiana, la muerte temprana, el daño a las familias— rara vez se viraliza.
No es casual, entonces, que el Ministerio del Interior haya puesto el foco en la llamada “cultura narco” y en la necesidad de frenar la idealización de figuras criminales. Casos como el del narcotraficante uruguayo Sebastián Marset, ampliamente difundidos por su estilo de vida ostentoso mientras permanecía prófugo, muestran cómo ciertos relatos pueden transformarse en modelos aspiracionales si no son cuestionados.
La campaña oficial apunta a disputar ese sentido. A mostrar que el delito no es una salida, que el “éxito” narco es frágil y que las consecuencias son reales. Es una señal relevante: el Estado reconoce que el combate al narcotráfico no se libra solo con operativos policiales, sino también en el terreno cultural y comunicacional.
Pero esta responsabilidad no puede recaer únicamente en una política pública. Interpela a los medios, a los creadores de contenido, a las plataformas y también a quienes consumen y comparten sin preguntarse qué están legitimando. Porque cada visualización, cada like y cada reproducción también construyen sentido.
La discusión que abrió el video de Cerro Norte no es menor. No se trata de negar problemas reales ni de maquillar la realidad. Se trata de decidir si aceptamos que la violencia se convierta en entretenimiento y que el delito ocupe el lugar de referencia cultural.
Tal vez el debate de fondo no sea si un barrio es “picante” o no, sino qué tipo de relatos estamos dispuestos a amplificar y qué futuro estamos ayudando a construir cuando el dolor ajeno se vuelve contenido.
Lic. Joanna Perco
