💬 Opinión / Columna

La ansiedad silenciosa que muchos jóvenes sienten hoy

Hay un tipo de angustia que muchos jóvenes conocen de primera mano, aunque no siempre tenga nombre: esa sensación de “no llegar”, “no saber qué hacer con mi vida”, “no tener claro si vale la pena tanto esfuerzo”. No es un cliché ni una exageración generacional: es una vivencia extendida que hoy empieza a aparecer con fuerza también en investigaciones académicas.

Un estudio con más de 1.000 estudiantes universitarios, publicado en la revista BMC Psychology, identificó lo que denomina ansiedad por el futuro: una preocupación persistente frente a lo que viene, que se asocia directamente con mayor pesimismo, menor optimismo y un descenso significativo del bienestar emocional. Los jóvenes que manifestaban más temor e incertidumbre respecto a su futuro tendían a sentirse menos satisfechos con su vida en general y con menos energía para proyectarse hacia adelante.

Esta ansiedad no se limita a aprobar exámenes o conseguir trabajo. Tiene que ver con algo más profundo: la dificultad de imaginar un futuro estable y deseable. Muchos jóvenes sienten que estudian sin saber si ese esfuerzo va a servir, que avanzan sin un mapa claro, o que las metas tradicionales —independizarse, trabajar de lo que les gusta, vivir con cierta tranquilidad— parecen cada vez más lejanas.
Otra investigación publicada en Current Opinion in Psychology advierte que la incertidumbre crónica se ha convertido en uno de los principales motores del malestar psicológico en jóvenes. Cuando no hay certezas sobre el rumbo de la vida —educativo, laboral o económico—, el cerebro permanece en estado de alerta constante, lo que incrementa el estrés, la ansiedad y el desgaste emocional.

Este escenario no ocurre en el vacío. La presión académica, la inestabilidad laboral, el costo de vida y la comparación constante con otros —potenciada por las redes sociales— se combinan y refuerzan la sensación de estar siempre llegando tarde. No es raro escuchar a jóvenes que, aun haciendo todo “como corresponde”, sienten que avanzan sin referencias claras y con una carga mental cada vez mayor.

En ese contexto, aparece una pregunta clave que pocas veces se aborda con honestidad: ¿cómo se atraviesa un camino exigente cuando no alcanza solo con el esfuerzo individual? Diversas experiencias —y también estudios sobre trayectorias educativas— muestran que el acompañamiento puede marcar una diferencia real. Contar con mentores, docentes, referentes o personas con más recorrido ayuda a ordenar decisiones, relativizar errores y entender que los procesos no son lineales.

Pedir ayuda, lejos de ser una señal de debilidad, suele ser una estrategia de cuidado. En etapas de alta exigencia o presión, el apoyo de la familia cumple un rol fundamental: sostener, escuchar, dar perspectiva cuando todo parece confuso. No siempre resuelve los problemas, pero muchas veces evita que se enfrenten en soledad.
Para muchos jóvenes, además, la fe se vuelve un ancla importante. No como respuesta mágica ni garantía de éxito, sino como un espacio de sentido, confianza y esperanza cuando el camino se hace cuesta arriba. Creer —en Dios, en un propósito, en algo que trasciende la coyuntura— puede ayudar a sostenerse, a no rendirse antes de tiempo y a seguir avanzando incluso cuando no se ve con claridad el final.

Tal vez “llegar” no sea cumplir un plazo ni alcanzar una meta perfecta, sino aprender a transitar el proceso acompañado, reconociendo límites, apoyándose en otros y confiando en que cada paso, aunque parezca pequeño, también construye futuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *