Uruguay segundo en distracción en clase: ¿un mérito del siglo XXI o una advertencia urgente?

Hay rankings que se festejan y otros que deberían incomodarnos. Este es uno de esos. Según datos difundidos recientemente de un estudio internacional basado en PISA, Uruguay aparece como el segundo país con mayor nivel de distracción por uso del celular en el aula. No es un dato menor ni una curiosidad estadística: es una señal de alerta que interpela a familias, docentes, autoridades de gobierno y a la sociedad en su conjunto.

Vivimos en un país que apostó fuerte a la tecnología y a la inclusión digital. Ese camino tuvo logros innegables. Pero hoy, el mismo dispositivo que conecta, informa y entretiene, también interrumpe, fragmenta la atención y se cuela en uno de los espacios más sensibles: el aprendizaje de nuestras niñas y niños. La distracción constante no es solo un problema escolar; es un hábito que se aprende y se normaliza.
El celular no es el enemigo. El problema aparece cuando falta orientación, límites claros y acompañamiento adulto. Cuando la pantalla compite con la palabra del docente, con la lectura, con el pensamiento profundo. Cuando el “un minuto más” se transforma en una desconexión prolongada de la realidad que importa. Y ahí, el costo no es abstracto: es menor concentración, menor comprensión y menos herramientas para el futuro.

Este ranking debería servirnos para algo más que un titular. Debería empujarnos a trabajar en prevención, a repensar cómo educamos en el uso responsable de la tecnología y qué mensajes transmitimos desde casa y desde las instituciones. No alcanza con prohibir ni con mirar para otro lado. Hace falta diálogo, acuerdos y una estrategia clara que ponga a las niñas y los niños en el centro.
Si no atendemos hoy estos hábitos que parecen inofensivos, mañana estaremos lamentando consecuencias más profundas. La atención también se educa. Y en ese desafío, como sociedad, todavía estamos a tiempo de elegir otro camino.
